Invierno.

Digo que no me gusta la Navidad, pero en realidad aviva alguna clase de nostalgia en mí. No sé por qué,  ya que todas han sido iguales y ninguna ha sido buena. Aún así parece que algo se despierta en mi interior. Me evoca mercadillos nevados coronados con farolillos de colores, donde nunca he estado. Preciosos paisajes helados tan románticos, a los que nunca fuimos. Besos, chimeneas encendidas, muérdago, muñecos de nieve, manos enguantadas, regalos, risas bajo una manta... Pero jamás vivimos nada así durante nuestro invierno. Yo creo que es una señal, y que a lo mejor me está hablando de ti. Yo siempre quise eso. Largos paseos por Madrid de la mano bajo las luces navideñas, tirarnos bolas de nieve en algún parque, besarnos a escondidas, ver jugar a los niños tan felices, compartir polvorones y trufas, darnos calor en la misma cama, patinar sobre el hielo y quizá visitar algún pueblecito de la sierra. Pude tenerlo, llegué a tenerlo, pero entonces no me importaba, porque yo lo quería contigo. Nosotros no lo tuvimos. Nuestro invierno apenas fueron unas noches de lujuria en secreto, y a cambio mil días de disputas hostiles, haciéndonos cada cual sus  jugarretas a ver quién podía más. Al final los dos salimos vencidos. Todo quedó hecho pedazos. Solo se salvó nuestro orgullo. Pero hoy machaco el mío para decirte que aún te quiero.

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