La vida desnuda

El oxígeno, el agua, los colores, el tacto de la arena al andar, el frío, el calor, nuestra voz, el sonido de la risa, el viento, unas manos para tocar, para coger, para comer, para agarrar, para crear, para construir, para manejar... labios para besar, lengua para saborear, sueños, imaginación para escapar, memoria de cada instante importante, inteligencia para no ser domesticado, un lenguaje para comunicarnos. Empatía, solidaridad, miedo, comprensión, capacidad de amistad, de relacionarnos, de amar...

Lo poseíamos todo. La vida parecía algo sencillo. Algo que nos correspondía por derecho. No nos considerábamos afortunados. Habíamos aparecido en el mundo y por tanto era nuestro. La vida, todo eso, todo lo que teníamos, era algo insignificante. Algo que estaba ahí y por tanto algo que no podíamos disfrutar. Necesitábamos otras cosas, necesitábamos más. Porque la vida en sí misma no era nada. Y lo era todo.

Necesitábamos coches, porque las piernas para correr no nos bastaban. Necesitábamos tecnología de última generación, porque nuestra voz no era suficiente para comunicarnos. Necesitábamos programas de televisión, porque nuestros sueños no eran suficientes. Necesitábamos escuelas, porque nuestra inteligencia parece limitada. Necesitábamos dinero, porque ni el viento, ni los colores, ni el tacto, ni los sabores eran bastante. Y hoy los coches no nos llevan a la cima de nuestros sueños, la tecnología no nos da más amigos, la televisión no alcanza a nuestra imaginación, las escuelas no nos enseñan lo que la vida y el dinero no nos la alarga. 

Cuando perdemos algunas de esas cosas sin importancia, que nos pertenecen por derecho, porque "sí", es entonces cuando descubrimos lo importante que eran. Cuando el dolor nos impide vivir, ¡qué maravillosa era la vida! La vida tal cual, desnuda, sin nada. Pero muchas cosas suelen ser "insignificantes" hasta que algo te las impide.


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