La cama es una prisión

Un día recibes un insulto gratuito o tienes una fuerte discusión. O quizá te ocurre algo más simple: quizá te pruebas una camiseta que no te queda bien, quizá no alcanzas la nota que deseas. Quizá pierdes las llaves. Entonces algo que estaba dentro de ti desde hacía mucho tiempo, en tu garganta, detrás de tus ojos, en tu estómago y en tu corazón, como un alambre, parece que se hace más grande, que molesta más. Ya lo habías notado antes, pero no le habías prestado atención, o no la suficiente. Ya dolía, ya pesaba, pero ahora parece que te sientes sin fuerzas para llevarlo ni para luchar contra ello, tal y como haces desde hacía tiempo. Estás herido. Sientes que no puedes... o no quieres seguir, es demasiado. Entonces decides cancelar tus planes para tumbarte en la cama a descansar de tu mal día, y esperar que pase el tiempo, a ver si así te curas lo bastante para seguir adelante, llevándolo como hacías antes. Pero no es solo un mal día, así que no es suficiente. Crees que tal vez se te alivie un poco el vacío, se te sequen las lágrimas, se te desate el nudo en la garganta y tu corazón deje de estar secuestrado. Pero no ocurre. Y pasas más tiempo en la cama, porque mientras estás allí no tienes que luchar. Mientras estás allí sientes menos, padeces menos. Una parte de ti, el alien que está matando tu alma, te hace sentir mejor. Y la cama se convierte en tu refugio, y te rindes y dejas que ese vacío se expanda dentro de ti, porque allí no necesitas vencerlo como te exige el mundo cada vez que sales a la calle con una falsa sonrisa, allí eres libre, y lo son tus lágrimas, y lo es tu corazón, aunque permanezca lleno de sufrimiento, porque estar allí tumbado es lo más parecido a desaparecer. Y así un día, la depresión te vence. 

Por eso se dice que la depresión no es un signo de debilidad, sino el resultado de haber tratado de ser fuerte durante demasiado tiempo.


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